Francisco de Vitoria - Salamanca. Foto de https://es.dreamstime.com/

LAS RAÍCES DE FRANCISCO DE VITORIA: UN UNIVERSITARIO EJEMPLAR

RICARDO RIVERO ORTEGA
Universidad de Salamanca

l. ¿POR QUÉ RECORDAMOS A VITORIA QUINIENTOS AÑOS DESPUÉS?

Pronto celebraremos la efeméride de la llegada de Vitoria a Salamanca, donde ocupó su Cátedra de Prima de Teología durante dos décadas (1526-1546). Esta conmemoración nos dará la oportunidad de reivindicar el talento del padre dominico, demostrar el aprecio por las aportaciones del Maestro de San Esteban, releer sus enseñanzas y reflexionar sobre tantas contribuciones que dignifican la labor académica en sus distintas vertientes: docencia, investigación y compromiso social.

Esto se comprende al recordar su biografía y repasar todas las relecciones, porque Francisco de Vitoria es tan célebre debido a De Indis, su audaz posición sobre los justos títulos de la conquista de América y la defensa del Ius Gentium (por la que ha sido nominado padre del Derecho internacional), que es fácil incurrir en sinécdoque y confundir una parte con el todo. Sin olvidar que el burgalés fue quien inspiró la decisión de dictar nuevas leyes en Indias, clave para considerar personas a sus habitantes y defender la paz y el respeto mutuo entre los pueblos, hay que sumar a esta hazaña otras que aquí citaremos.

Una primera tesis que avanzo es la siguiente: Si la voz de Vitoria fue escuchada, se debió al prestigio y la auctoritas que había ganado tras una década en París, un breve paso por San Gregorio en Valladolid y la obtención de la más relevante posición académica salmantina. Sin sus méritos universitarios, Vitoria no hubiera llegado hasta hoy con la fuerza e influencia que sigue demostrando, disminuida en la mayoría de sus contemporáneos, aun cuando fueron también grandes sabios (Domingo de Soto, Luis de Molina, Melchor Cano…).

Otra tesis más sostendré en este breve texto: sin comprender las raíces de Vitoria -aristotelismo, tomismo y contexto institucional de la Orden de predicadores- no es posible interpretar el sentido de sus conclusiones; estos factores explican la resonancia lograda por una combinación de poder atractivo docente y sentido práctico en la investigación, con un sobresaliente grado de compromiso social.

Vitoria fue, además, un auténtico Maestro, en la acepción más precisa de tal calificativo. Formó a sus discípulos dando ejemplo con la mejor enseñanza, aplaudiendo sus progresos y citándolos en ocasiones como la opinión más autorizada (el caso de Domingo de Soto). Es por ello un modelo universitario ejemplar.

Las palabras de un profesor escocés refiriéndose al sentido de obligación y al reconocimiento de nuestros maestros, me sirven para expresar lo que Francisco de Vitoria inspira al evocar su condición de arquetipo universitario:

We learn from them the sense of obligation that comes from an awareness that we are collective custodians of traditions of enquiry that have their own standards of excellence and critique, none of which can be explained by externally imposed metrics or quantification. It is a sense of obligation that also endures: that impels us constantly to learn or think or teach better; never one that has an endpoint where we can tick a box and say ‘Objective attained’ Veitch, Scott, “The sense of obligation, jurisprudence, 2017.

Mostrar este perfil de Vitoria me parece necesario porque hoy los universitarios corremos el riesgo de perder las mejores tradiciones: la del estudio constante, concienzudo, sin precipitar resultados oportunistas en la investigación; el reconocimiento de los gigantes sobre cuyos hombros nos aupamos, así como la motivación de quienes nos siguen; el disfrute de la docencia, razón de ser de la condición académica; la convicción, en fin, de que el saber tiene un sentido humanista, para ayudar a la persona a desenvolverse en sociedad.

2. LAS RAÍCES DE FRANCISCO DE VITORIA

En 2024 se cumplieron 850 años de la muerte de Santo Tomás de Aquino. El Doctor Angélico apenas fue evocado en las universidades europeas, prueba combinada de ignorancia e injusticia histórica muy propia de nuestro tiempo. A pesar de ser patrono de la Academia, casi nadie se acuerda ya de su relevancia en el progreso del conocimiento, sintetizada en un opúsculo que le dedicó Umberto Eco en 1974, así como en la muy recomendable biografía escrita en 1933 por G.K. Chesterton.

El más sabio italiano de todos los tiempos resulta esencial para comprender a Francisco de Vitoria. Ambos decidieron vestir el hábito de la orden de predicadores, seguir las enseñanzas de Santo Domingo de Guzmán y sus pasos por la Universidad de París. Uno y otro lograron influir en el devenir universal: el primero al destacar a Aristóteles sobre el platonismo (con sus múltiples riesgos); el segundo al poner las bases de las reglas para la paz en las relaciones internacionales.

Aunque no se descarta alguna posible influencia de Erasmo, al coincidir en las aulas de la Universidad de París, siendo el humanista holandés mayor que Vitoria, el referente intelectual del dominico no era el agustino reformista, sino otro fraile predicador, que decidió serlo pudiendo haber elegido la vida de la Corte y el poder imperial. Santo Tomás, como Vitoria, disponía de unas capacidades cognitivas excepcionales que le habrían garantizado otros éxitos fuera de la vida eclesiástica.

Los dos prefirieron dedicarse al saber. Ni el aquinate ni el burgalés ambicionaban mandar, siquiera a título de priores. Sólo querían dedicarse a la teología. La Suma teológica de Santo Tomás era el libro de cabecera de Francisco de Vitoria, el que hacía leer a sus alumnos en clara vulneración de los estatutos de la Universidad, que prescribían las Sentencias de Pedro Lombardo. Esta disidencia irregular podía haberle costado muchos problemas y quebraderos de cabeza, pero su condición pacífica y disimulada le libró de las sanciones por alterar lo establecido en las normas.

Al hacerlo, sobrepujó a los profesores que le precedieron. Vitoria fue un teólogo realista gracias a que Santo Tomás cristianizó a Aristóteles, el filósofo práctico capaz de fundir fe y materia. Así era posible llegar a Dios mediante el razonamiento. El aristotelismo era el marco de pensar más apropiado para los dominicos, cuyo fundador -Santo Domingo de Guzmán- alcanzó notoriedad por su labor argumentativa contra la herejía albigense (los cátaros), cuyos principios vitales eran opuestos al aristotelismo, pues eran dualistas.

Traer la Suma teológica a las aulas de Salamanca no suponía sólo un cambio de libro de texto; comportaba incorporar otra forma de razonamiento práctico, material, coherente y comprometida con los problemas de su tiempo. Todo lo que haría Vitoria después se explica desde sus convicciones aristotélicas, sus inspiraciones clásicas en Cicerón, Santo Tomás y otros autores en esta línea y su condición de dominico.

Me detengo en tal carácter porque las constituciones de la Orden de predicadores ayudaron al catedrático de Teología en sus propósitos de innovación, le protegieron. Los dominicos seguían reglas democráticas en la elección del Prior y en la toma de decisiones en Asamblea, respetaban las distintas formas de pensar y promovían la dedicación al estudio y la difusión del saber por encima de cualquier otra tarea. Todo ello influiría sin duda en la forma de ser de Francisco de Vitoria.

Salamanca no era una plaza fácil para ensayar la originalidad del pensamiento. Antes de Vitoria, Pedro Báñez sufrió un proceso inquisitorial gravísimo por su obra De Confessione. Y después de Vitoria, Fray Luis de León pasaría por la cárcel y sería sometido a tortura en Valladolid. Así pues, las tesis que se defendían en las cátedras salmantinas podían costar más de una condena, especialmente a quienes se apartaban de lo de siempre, lo establecido e indiscutido por la inercia y la comodidad intelectual. Precisamente las actitudes más soporíferas para quienes aspiran a aprender.

3. VITORIA, PROFESOR ADMIRADO POR LOS ESTUDIANTES

Francisco de Vitoria abrió las puertas para que entraran nuevos aires en las aulas; por favorecer su aprendizaje, los estudiantes le adoraban. Ningún otro profesor convocaba a cientos -hasta mil, dice Beltrán de Heredia- para escuchar sus clases. Las innovaciones pedagógicas de Vitoria incluían bromas amables y consideración a los alumnos, jóvenes que madrugaban para sentarse en rudos bancos de madera y seguir con dificultad abstrusas lecciones en latín. Gran parte del éxito del dominico responde a la admiración que despertó en discípulos notables, quienes escribirían sus enseñanzas, garantizando así la pervivencia de una obra imprescindible que se hubiera perdido de otro modo. Sin este perfil profesoral practicante, no hubiera alcanzado la notoriedad extraordinaria que perdieron otros titulares de las cátedras de Salamanca.

Logró todo ello, además, con una salud quebradiza, la que le impidió varios años preparar la obligada Relectio y le llevó también a solicitar un cambio en la hora de clase -la de Prima de Teología era a las siete de la mañana-. La gota o quizás una artritis terrible le inmovilizaban en San Esteban, a veces durante semanas enteras, así que no era un profesor de grandes capacidades físicas. Cada lección comportaba un gran esfuerzo físico que no siempre estaba en condiciones de soportar debido a sus padecimientos.

Pero tanto le apreciaban sus estudiantes, que prepararían una silla para transportarle en andas, literalmente, entre el Convento y las aulas universitarias, atravesando un regato y subiendo una cuesta, un desplazamiento nada fácil, aunque tampoco distante. ¿Podemos imaginar algo así en nuestros días? No se conocen otros casos de alumnos acarreando a su profesor para no perderse sus enseñanzas, así que la simpática anécdota traslada un mensaje memorable sobre el culmen en las relaciones cordiales entre docente y discentes.

Vitoria no dudó en vulnerar varias prohibiciones en beneficio de sus estudiantes. La más destacada y una de sus contribuciones universitarias pioneras, fue la de dictar las lecciones con un ritmo pausado que permitiera tomar notas. Así, en cierto modo, el dominico inventó los apuntes (aunque ya existían en la Universidad de París). Esos materiales tomados a vuela pluma recogiendo el contenido de las clases son desde hace siglos la fuente primordial para el repaso de los temas por los alumnos, pero en el siglo XVI era imposible recopilarlos porque los profesores hablaban demasiado rápido. Esto cambia gracias a Vitoria y marca un nuevo modo de explicar, permitiendo un registro escrito y evitando el sobreesfuerzo del repaso memorístico posterior, en las horas de la tarde.

4. LAS APORTACIONES AL SABER

Un gran profesor no puede serlo si no es capaz de profundizar en los temas que explica, realizar aportaciones sugerentes y originales que muestren su utilidad, atraigan el interés y la curiosidad de los estudiosos, ofrezcan nuevas formas de comprender la realidad y transformarla. En la teología, que en el siglo XVI lo abarcaba tendencialmente todo, Vitoria alcanzó tales logros, reflejados en las relecciones que anualmente pronunciaba y conservamos gracias a las notas escritas tomadas por sus discípulos.

Estas conferencias de dos horas, resultado de un estudio reflexivo de meses, se ocupan de cuestiones variadas, aunque todas ellas de notable importancia en los debates intelectuales de aquel tiempo. Vitoria no elegía los tópicos al azar, sino con una sensibilidad orientada a las necesidades de aclarar cuestiones difíciles, controvertidas y de gran trascendencia práctica. No rehuía abordar los asuntos más espinosos porque entendía que esa era precisamente su función, proyectar luz sobre las zonas oscuras de la interpretación teológica.

Su primera consideración en los textos que conservamos subraya la tarea omnicomprensiva propia del teólogo, nunca ajeno a las cuestiones humanas. Por eso decidió disertar sobre el poder civil, con aportaciones a la teoría del gobierno que pondrían al día las tesis de Aristóteles o Cicerón -sus autores preferidos- sobre la legitimidad de la monarquía, los límites al poder despótico, la búsqueda del interés general o la obligación de cumplir las leyes (cuáles sí o cuáles no).

Tampoco esquivó pronunciarse sobre el poder del Papa, cuestionado en su pretendida omnipotencia o injerencia sobre los asuntos terrenales. Sostener estas tesis tras las bulas que repartían el mundo entre portugueses y españoles (Inter Caetera, base del Tratado de Tordesillas en 1494) constituía una osadía, sólo salvada por la aquiescencia presumible del Emperador, a quien no debía agradarle que el pontífice se considerara por encima de su autoridad en los asuntos de Estado.

Francisco de Vitoria estudió otros temas de gran interés para su tiempo. Dictaminó con gran acierto sobre el suicidio, el homicidio o la magia. Las cuestiones jurídicas son especialmente tratadas en su obra, evocando el De legibus, en la mejor tradición de Cicerón y Santo Tomás. La afirmación de un Derecho natural por encima de las decisiones de los gobernantes es un elemento común de las tesis vitorianas con las de sus maestros, base fundamental de sus posiciones sobre el Ius Gentium y la defensa de los derechos de los pobladores de América, contra los títulos esgrimidos por los juristas del Emperador para legitimar su conquista y apropiación de aquellas tierras.

Sólo un justo título reconoce Vitoria para la llegada y permanencia de los españoles en América: el derecho a la comunicación entre los seres humanos. Esta formidable construcción se anticipa siglos a las comprensiones contemporáneas de las relaciones sociales. Siglos antes de teorizarse la era de la comunicación, de pensar siquiera en la interacción informativa de millones de personas, Vitoria sostuvo esta clave para justificar la globalización, el libre tránsito de gentes por todo el mundo y el respeto recíproco entre las gentes.

Una sensibilidad extraordinaria que no encontramos en otros pensadores de su tiempo, enfrascados la mayoría en los debates iniciados por Erasmo e incendiados por Lutero, en un siglo europeo de división religiosa y guerras por el poder, muy poco interesado por lo que ocurría al otro lado del Atlántico, el destino de los pueblos que allí habitaban o las cuestiones de justicia. Ni Maquiavelo ni Erasmo mostraron la visión de Vitoria, aun siendo los dos intelectuales más reconocidos de su época.

5. COMPROMISO SOCIAL

A Erasmo y a Maquiavelo les interesaban sus respectivas parcelas de saber, la reforma religiosa y el ejercicio del poder. En cambio, Vitoria entendía la teología como saber total, como ciencia ocupada por las cuestiones divinas, por supuesto, pero también por las humanas. De ahí que introdujera en sus relecciones respuestas a cuestiones prácticas concretas de su tiempo, asuntos de índole política, económica o social.

Francisco de Vitoria se diferencia de Erasmo y de Maquiavelo en que rehúye la fama y la gloria. Por eso nunca dio sus obras a la imprenta, la nueva herramienta de gloria para los escritores. El Príncipe y Elogio a la locura fueron leídos por miles de europeos de su tiempo, mientras que las tesis de Vitoria sólo eran escuchadas por sus estudiantes en Salamanca, muy conscientes de la importancia de las ideas que se les transmitían. Para Vitoria no era importante vender libros y ser admirado, sino dar respuesta a los problemas de su tiempo.

Esto no quiere decir que no alcanzara celebridad, incluso antes de llegar a la Universidad de Salamanca. Ya en París fue consultado por los mercaderes sobre la aceptabilidad de ciertos tipos de contratos. Sus dictámenes sobre la usura y otras prácticas mercantiles prepararían el terreno para los de otras figuras de su Escuela -Domingo de Soto, destacadamente- que sentaron las bases de la Economía moderna.

Pero Vitoria no se pronunciaba sobre los contratos mercantiles para escribir un libro y hacerse famoso. Su propósito era acercar la práctica del comercio a las reglas morales del cristianismo, evitando las contradicciones entre el deber ser y el ser. Este mismo ánimo inspira sus posiciones sobre la conquista de América y tantos otros asuntos sobre los que se pronunció, siempre desde la coherencia que no pudieron mantener en sus comportamientos otros intelectuales de su tiempo, dedicados al servicio de los poderosos y cautivos de su propia imagen de celebridad.

El afán del dominico no era vender libros, sino ayudar a resolver problemas. Por ejemplo, la actitud de Vitoria sobre la oferta y la demanda se pone de manifiesto al recordar un episodio que relatan sus biógrafos. Una escasez de grano en Salamanca fue aprovechada por especuladores para elevar el precio del trigo y hacerse ricos a costa de los estudiantes. Estos, disconformes con la situación, pidieron amparo al Maestro del Convento de San Esteban, quien acompañado por Domingo de Soto pactaría con otros proveedores de Toledo un precio razonable y haría llegar la mercancía a la ciudad del Tormes.

Así pues, Vitoria predicaba y daba trigo, enseñaba la Suma teológica y al mismo tiempo dictaminaba sobre las normas de funcionamiento de la alhóndiga de Salamanca, protegía a los estudiantes de los especuladores y se solidarizaba con los padecimientos de los pobladores de América, porque sin duda, la gran contribución de Vitoria, inspirado por su admirado Cicerón, fue la defensa del Ius Gentium como conjunto de reglas que a su juicio debían presidir las relaciones entre los pueblos de la tierra. Pero esta propuesta es sólo una muestra de su forma de entender el magisterio universitario.

Son muchas las razones para recordar a este valetudinario dominico que cambiaba el libro de texto en contra de las normas, pero pedía permiso para poner sus clases más tardes y compensaba los retrasos en las relecciones por su enfermedad dando dos el curso siguiente; este Maestro que admiraba a sus discípulos y disfrutaba viéndolos sobrepujar sus tesis; este fraile no se arredraba ante las advertencias imperiales ni paraba mientes al cuestionar el poder absoluto del Papa. Tan audaz vocación docente, tanta capacidad para el estudio y la reflexión, tanto compromiso social al buscar el grano para los estudiantes de Salamanca, todo ello merece nuestro recuerdo.

Las universidades alcanzan la fama gracias a figuras como Francisco de Vitoria, capaces de logros tan sobresalientes. Si quienes hoy nos beneficiamos de sus enseñanzas no las aprovechamos, nos convertiremos en enanos sumergidos en pozos cavados por las métricas cortoplacistas, la burocracia más servil y la holgazanería complaciente. Quinientos años después de Vitoria, conviene tomar ejemplo de su espíritu. Vale.

BIBLIOGRAFÍA

  • Getino, A., El maestro Francisco de Vitoria. Su vida, su doctrina e influencia, Imprenta Católica, Madrid,1930.
  • Belda Plans, J., La Escuela de Salamanca, BAC, Madrid, 2000.
  • Beltrán de Heredia, V., Francisco de Vitoria, Editorial labor, 1939. Chesterton, J, Saint Thomas. The Dumb Ox, 1933.
  • Eco, U., Elogio de Santo Tomás, 1974.
  • Hernández, R, Derechos humanos en Francisco de Vitoria, Salamanca, 1984.
  • Milh, Anton/Butaye, Anton, A Cathedral of Constitutional Law. Essays on the Earliest Constitutions of the Order of Preachers, Brepols, 2023.
  • Osuna Fernández Lago, A, Relecciones de Francisco de Vitoria, editorial San Esteban, Rivero Ortega, R., El futuro de la Universidad, Salamanca, 2020.
  • Veitch, S, «The Sense of Obligation», jurisprudence, Vol. 8, n.3, (2017), pp. 415-434.
  • Villoslada, R. G, La Universidad de París durante los estudios de Francisco de Vitoria, Roma, 1938.

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4 responses to “LAS RAÍCES DE FRANCISCO DE VITORIA: UN UNIVERSITARIO EJEMPLAR”

  1. Avatar de Susy Ines Bello Knoll
    Susy Ines Bello Knoll

    Excelente recuerdo que llama a reflexionar. Gracias Ricardo Rivero

  2. Avatar de José Antonio Fernández Ajenjo

    Muchas gracias Ricardo por recordarnos las enseñanzas de Francisco de Vitoria. Muy sugerente y evocador para quienes amamos la docencia su ejemplo universitario. ¡Feliz Año 2026!

  3. […] Su significado para cualquier jurista es incuestionable, pues sentó los pilares de lo que sería el Derecho internacional, así como la firme tutela de los derechos humanos (sosteniendo con sólida argumentación que los derechos naturales se predicaban del ser humano por serlo, y no se perdían por sus creencias religiosas ni por estar en tierras libres o sin la cultura occidental). Sin embargo, su sombra es más alargada, con sabrosas anécdotas, como nos ilustra con su habitual destreza el catedrático Ricardo Rivero en este artículo de recomendabilísima lectura, titulado «Las raíces de Francisco de Vitoria: un universitario ejemplar». […]

  4. […] jurista salmantino y exrector, Ricardo Rivero, define al Padre del derecho de gentes como un modelo universitario ejemplar. Sus aportaciones y compromiso no tienen parangón. Así, recuerdo de mi etapa salmantina, las […]

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