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Para realizarnos como sociedad del conocimiento, superando nuestras limitaciones en la gestión de datos e información en masa, necesitamos buenas instituciones educativas. Y si el XXI puede ser el siglo del cerebro, convendría hacer énfasis en lo mejor que pueden dar de sí nuestras neuronas, estimuladas desde la infancia a la madurez por personas con talento, vocación y motivación para ello.

 

La buena educación es clave del éxito individual y colectivo, no sólo en su vertiente de respeto a los otros, sino también entendida como conjunto de respuestas a la necesidad de formar seres humanos capaces, por supuesto, pero también virtuosos, conscientes de los efectos de sus decisiones sobre el mundo y la gente. Creyentes en un lema: estudiando con inteligencia podemos llegar a ser mejores.

 

Más allá de las obviedades, sin embargo, cabe preguntarse qué, cuanto y cómo debe enseñarse en la Universidad, en un momento de preocupante crisis de la idea humanista – la de Newman, en la cultura anglosajona – reivindicada contra su abandono por la filósofa Martha Nussbaum. ¿Es la vuelta a las clásicas humanidades liberales la alternativa al puro pragmatismo tecno científico?

 

Quienes se han especializado en las tradicionales “letras” sienten a veces la tentación de plantear dialécticamente este debate, sin reparar en la posibilidad cierta y digna de ser valorada de enriquecer la visión humanista con una más completa comprensión antropológica: reconociendo en la persona algo más que un mero resultado cultural, condicionado como está el ser humano por su fisiología.

 

¿Cabe formar en valores y principios sobre propuestas apriorísticas en torno al comportamiento? ¿Es conveniente contestar la pregunta sobre el qué, cuánto y cómo enseñamos desde un desconocimiento relativo del destinatario de la docencia? ¿Acaso no debiera partir la Universidad de una comprensión profunda de la persona? ¿Son apropiadas las convenciones recibidas en este punto?

 

El encasillamiento de las disciplinas y su ubicación aproximada en grandes familias apenas intercomunicadas – tecnologías, ciencias naturales, ciencias sociales, humanidades – imposibilita la intelección completa, conspira contra el auténtico afán de saber y mina el espíritu de la Universidad entendida como institución educativa orientada al conocimiento integral y, si cabe, pleno.

 

Nuestras casas de estudios se centran cada vez más en el objetivo de transmitir destrezas, habilidades para resolver situaciones puntuales, y menos en el objetivo de mostrar a los futuros profesionales  - mujeres y hombres que deben ser más educados – las implicaciones humanas de sus actos, sus propios sesgos cognitivos, la tendencia al prejuicio y al error, más creyéndose experto o especialista.

 

¿Cumplen esta misión nuestras universidades? Algunas, muchas, ni reparan en ello, confesándose incluso empresas de fines lucrativo. Otras, también numerosas, sólo se preocupan por lo cuantitativo, mayores cifras en indicadores apuntadas por la tendenciosidad de los rankings. Y las menos siguen basando su marca de excelencia en contribuciones decisivas al entendimiento del ser humano.

 

Oxford, La Sorbona, Bolonia o Harvard están entre las clásicas. Ahí está también Salamanca, cuya mejor tradición evoca un tiempo en que Nebrija enseñaba a los juristas a leer los textos, cuando Torres Villarroel entretenía su atención con la magia y las matemáticas, un lugar donde la medicina era practicada por prestigiosos humanistas. Fray Luis de León o Francisco de Vitoria no fueron sólo maestros de sus disciplinas.

 

 

Les recordamos porque cultivaron un arquetipo humano.

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