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Ayer celebramos Santo Tomás de Aquino en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. El acto, hermoseado por un nutrido cortejo de doctores, sirvió para reconocer a compañeras y compañeros ilustres, disfrutando también una excelente lección sobre las prácticas económicas alternativas.

 Más allá de la ceremonia y su ritual, la ocasión permite abrazar a muchos colegas, reunirnos las diversas facultades y mostrarnos como una comunidad humana bien avenida, suma de personas unidas por el afecto y la vocación académica. Esto es la Universidad, para quienes aun no lo entiendan.

 Siempre recuerdo las palabras de Pedro Dorado Montero, tras una vida entera dedicado al positivismo jurídico: Lo más importante finalmente es el respeto entre las gentes, la consideración y el apoyo mutuo.  Un precioso mensaje de Bertrand Russell lo resume en ocho: “el amor es sabio, el odio es estúpido”.

 El aprecio y la confianza entre nosotros es la base de la Universidad. Nuestro patrono no debe confundirse con el Tomás de la Biblia, recordado por aquello de  “hasta que no meta el dedo en la llaga…”. El dominico no era tan malpensado, porque creer y confiar es muy necesario para alcanzar cotas de conocimiento.

 Por supuesto, los universitarios hemos de sustentar nuestras hipótesis en hechos y realidades, pero eso no significa poner en duda todo aquello que se nos ha enseñado. La tradición y el saber recibidos han de ser recreados y reivindicados porque producimos ciencia sobre los hombros de gigantes.

 La incertidumbre es positiva hasta un punto; no lo es apenas cuando se cierne sobre la viabilidad de las iniciativas académicas. Por eso los marcos institucionales han de ser fiables, aunque algunas decepciones recientes nos orientarían al recelo, pues atentan contra la buena fe en el sentido jurídico del término.

 Hacer lo que se dijo que se iba a hacer, eso es la bona fides, coherencia y fiabilidad de la palabra. Si una institución manifiesta su convencimiento de que un proyecto debe desarrollarse de determinada manera, todos pensamos que cree verdaderamente en lo que está diciendo, actuando en consecuencia.

 Si por ejemplo se convocan unas ayudas para financiar proyectos en materia de igualdad, lo sensato es pensar que se resolverán para las mejores propuestas. No que se suspenderá sin más su asignación, tras haber generado la expectativa de organización posible de actividades necesarias en este ámbito.

 Cuando participamos en procesos de evaluación de la calidad de las ofertas académicas, imaginamos razonablemente que están pensados para contribuir a su mejora, no para suprimirlas dejando espacio a otras iniciativas (privadas, a menudo) de menor rigor, medidas desde baremos distintos y permisivos.

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