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Los libros son muy importantes para mí. El pasado viernes participé en la presentación de un excelente Vademécum de José Ramón Chaves, ilustre magistrado asturiano. Después, dedicamos varias horas a hablar de otro texto importante. Al regresar a casa, recibí el mejor regalo de una amiga: la dedicatoria de Jorge Volpi a la primera edición de En busca de Klingsor, que leí hace muchos años.

 

Antes, por la mañana, conseguí gracias a Alex y a Javier una camiseta del Congreso de Novela y Cine negro, fantástica iniciativa universitaria. Con ella puesta fui el sábado a la Plaza Mayor, nada más terminar mis tareas en la Facultad, para comprar Derecho natural, de Ignacio Martínez de Pisón. Hacía tiempo que quería leerlo, así que durante el fin de semana lo he disfrutado por fin.   

 

La literatura transmite emociones, nos ayuda a desarrollar la empatía y propicia una mejor comprensión del ser humano. No solo la novela, también el relato corto y, por supuesto, la poesía. Todas las disciplinas científicas pueden asociarse a textos literarios, poniendo de manifiesto la capacidad de los escritores de convertir en relato cada uno de los aspectos de la tan compleja realidad.

 

A partir de ahora, explicaré el tiempo de la transición con citas de Derecho natural. En clase, mis referencias literarias son constantes. Un ejemplo: hizo más en su día por los derechos en Estados Unidos La cabaña del tío Tom que todos los tribunales juntos. La literatura ha concienciado a millones de personas sobre la necesidad de cambiar situaciones injustas, de agravio o de Dictadura.

 

No compré más libros en la feria porque quería releer obras de compañeros ilustres: aportaciones de Pedro Cátedra (La tipografía y los funcionarios), de José Luis de las Heras (La justicia penal de los Austrias), de Luis Enrique San Pedro y Ana Carabias. Leer lo que escriben sabias personalidades del Claustro salmantino nos demuestra la capacidad de la primera Universidad.

 

Ahora regreso a las leyes, a las sentencias, a las monografías y artículos jurídicos. Pero pronto volveré a las casetas de los libreros, aunque parezca un error sumar más a los miles y miles de títulos adquiridos y leídos durante décadas de amor a la lectura. Lo confieso, es mi pasión. Mi madre me recuerda que, de niño, no quería aprender a escribir. Solo quería leer: es lo mío.

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