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Lo que cada día hacemos, la manera de comportarnos, nuestra consideración hacia los otros dice mucho de nosotros mismos. Según Agnes Heller, una de las más importantes filósofas del siglo XX, es en esos pequeños gestos cotidianos donde se evidencia el grado de asimilación real de principios y valores con los que aspiramos a identificarnos públicamente.

 Así, por ejemplo, suele haber diferencias significativas entre la defensa teórica de la igualdad de género y su realización rutinaria, pues son muchos los micro-machismos que se infiltran en la vida doméstica.  Lo correcto es practicar la corresponsabilidad en las tareas, el trato simétrico a las personas y la demostración de respeto hacia tod@s l@s demás.  

 Sin auténtica empatía no hay derechos. Cuando actuamos con grave desprecio de las repercusiones de nuestro decir o hacer sobre otros, nos convertimos en agresores de la dignidad humana en cualquiera de sus formas. Muchas reglas éticas y jurídicas se basan en tan sencillo principio: no dañes; no hagas aquello que te dolería te hicieran; observa la alteridad.

  Evitar atacar a nadie, comportarse honestamente y darle a cada uno lo suyo. Tres reglas civilizatorias contenidas en textos humanistas de diversas disciplinas. Si proyectáramos sobre el propio devenir tales filtros de corrección, evitaríamos muchos de los males de nuestras sociedades, casi todos. Tantas contradicciones se perciben en quien pide tolerancia sin tolerar.

  Así intentan hacerlo por cierto la mayoría de las civilizaciones, capaces de discernir entre quien se comporta o no adecuadamente. Prescindiendo del ruido y la imagen distorsionada de la apariencia mediática, conocer a las personas nos permite saber quien es cada cual, de qué va. Comprendernos previene la paradoja de contrariarnos sin querer.

 

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